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Advertencia:

El contenido de este blog es editado por un estudiante Universitario nerd de la Facultad de Derecho de la UNAM con fuertes influencias del ITESM...con 23 años, no es sorprendente que escriba, de vez en cuando, sandeces...todo aquel que lea, es bajo su propio riesgo*


*Riesgo, para efectos de este blog, comprenderá: risa, enfado, desacuerdo, empatía, y demás sensación que los seres humanos llamen sentimiento, de lo demás, no nos hacemos responsables.

lunes, 20 de enero de 2014

LUNES


Me despierto con ganas de asesinar brutalmente mi celular.
El dolor de garganta no ha desaparecido.
Miro el reloj de mi celular y me doy cuenta que apreté “posponer” en lugar de “descartar” a la alarma de mi celular.
Me paro como quien no quiere la cosa y me cambio para ir al gimnasio, quizá en el sudor de los cardiovasculares se esfumen las toxinas que invaden mi cuerpo.

Afuera está helando.

Tan pronto como empiezo a ejercitarme sé que no será fácil: me cuesta respirar con normalidad.
Los números en la máquina confirman lo que yo ya sospecho: no rendí tanto como de costumbre.
Vuelvo a casa.
Inmediatamente después de arreglar la ropa para hoy, me preparo un té. Arde, pero a la vez reconforta.
Me meto a bañar, y el calor del agua hace que me sienta mejor.
Termino. Me visto en friega porque no quiero sentir el frío.
Totalmente arropado, me preparo rápidamente un licuado de plátano: mi garganta me inhibe de consumir algo más sólido.

Salgo de casa, saludo a los vigilantes y salgo a la calle.
Empiezo a caminar hacia la segunda estación de Ecobici más cercana a mi casa, la primera siempre está vacía. 
Hace mucho frío. Quizá debí ponerme la bufanda hasta la altura de la nariz.
Tomo la #10, ajusto el asiento y me pongo en marcha. El aire frío pega en mi cuerpo, pero mis bien cubiertas extremidades casi no lo sienten.
El tráfico es el habitual, pero me tocan sólo luces verdes. Hoy no hay automovilistas groseros de esos de los que te avientan la máquina encima. Recorro Río Rhin sin ninguna prisa y sin detenerme.
Doy vuelta a la derecha para tomar Paseo de la Reforma y un panorama maravilloso me recibe:

El sol baña la avenida con un cálido brillo dorado. Los edificios, imponentes, proyectan gigantes sombras que crean un juego de iluminación a lo largo de la ancha avenida. Sobre el asfalto, un baile caótico y a la vez ordenado de magnitudes musicales, se lleva a cabo entre peatones, ciclistas y automovilistas. En las bancas, gente platica mientras sostiene su café con una mano. En las banquetas, la gente da el usual paseo matutino a sus mascotas. El cuadro tiene una belleza que se le esconde a aquellos de párpados pesados y espíritus antipáticos. Ante tal paisaje de perfecta sincronía citadina, un autobús pasa por mi lado, con un cartel del musical “Hoy no me puedo levantar”, como si una parte del mundo tratara de decirme: será un mal día, te sientes mal y hay mucho trabajo en la oficina.
“Pero ya me levanté”, pienso, y paso de largo.

Pedaleo un poco más, en la estación de Ecobici más cercana a mi trabajo hay muchos lugares. Estaciono mi bici. Volteo a la avenida: el sol ilumina la fuenta de La Diana Cazadora y un arcoíris se deja entrever.

Con toda esa belleza matinal, no me queda nada más que respirar hondo (aunque el aire esté frío) y preguntarme:


¿Por qué alguien odiaría los lunes?