Me despierto con ganas de asesinar
brutalmente mi celular.
El dolor de garganta no ha
desaparecido.
Miro el reloj de mi celular y me doy
cuenta que apreté “posponer” en lugar de “descartar” a la alarma de mi celular.
Me paro como quien no quiere la cosa
y me cambio para ir al gimnasio, quizá en el sudor de los cardiovasculares se esfumen
las toxinas que invaden mi cuerpo.
Afuera está helando.
Tan pronto como empiezo a
ejercitarme sé que no será fácil: me cuesta respirar con normalidad.
Los números en la máquina confirman
lo que yo ya sospecho: no rendí tanto como de costumbre.
Vuelvo a casa.
Inmediatamente después de arreglar
la ropa para hoy, me preparo un té. Arde, pero a la vez reconforta.
Me meto a bañar, y el calor del agua
hace que me sienta mejor.
Termino. Me visto en friega porque no
quiero sentir el frío.
Totalmente arropado, me preparo
rápidamente un licuado de plátano: mi garganta me inhibe de consumir algo más
sólido.
Salgo de casa, saludo a los
vigilantes y salgo a la calle.
Empiezo a caminar hacia la segunda
estación de Ecobici más cercana a mi casa, la primera siempre está vacía.
Hace
mucho frío. Quizá debí ponerme la bufanda hasta la altura de la nariz.
Tomo la #10, ajusto el asiento y me
pongo en marcha. El aire frío pega en mi cuerpo, pero mis bien cubiertas
extremidades casi no lo sienten.
El tráfico es el habitual, pero me
tocan sólo luces verdes. Hoy no hay automovilistas groseros de esos de los que
te avientan la máquina encima. Recorro Río Rhin sin ninguna prisa y sin
detenerme.
Doy vuelta a la derecha para tomar
Paseo de la Reforma y un panorama maravilloso me recibe:
El sol baña la avenida con un cálido
brillo dorado. Los edificios, imponentes, proyectan gigantes sombras que crean
un juego de iluminación a lo largo de la ancha avenida. Sobre el asfalto, un
baile caótico y a la vez ordenado de magnitudes musicales, se lleva a cabo
entre peatones, ciclistas y automovilistas. En las bancas, gente platica
mientras sostiene su café con una mano. En las banquetas, la gente da el usual
paseo matutino a sus mascotas. El cuadro tiene una belleza que se le esconde a
aquellos de párpados pesados y espíritus antipáticos. Ante tal paisaje de perfecta
sincronía citadina, un autobús pasa por mi lado, con un cartel del musical “Hoy
no me puedo levantar”, como si una parte del mundo tratara de decirme: será un
mal día, te sientes mal y hay mucho trabajo en la oficina.
“Pero ya me levanté”, pienso, y
paso de largo.
Pedaleo un poco más, en la estación
de Ecobici más cercana a mi trabajo hay muchos lugares. Estaciono mi bici.
Volteo a la avenida: el sol ilumina la fuenta de La Diana Cazadora y un arcoíris
se deja entrever.
Con toda esa belleza matinal, no me
queda nada más que respirar hondo (aunque el aire esté frío) y preguntarme:
¿Por qué alguien odiaría los lunes?
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